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Columnista Mi sindicato Me cuestionaba si era correcto avanzar en mi carrera con un niño que al llegar las 6 de la tarde solía decirme: “Mami, no vaya canal, no vaya”.


Mi sindicato

¿Me van a decir que ustedes no tienen uno?  Les advierto que el mío es poderoso. Lo integra un chico de 15, a quien su tío le enseñó a mis espaldas a manejar (y en mi auto). Una bailarina de 11, que heredó mi fastidio por las matemáticas y un esposo generoso y malhumorado,  a quien todavía encuentro guapo 20 años después de estar casados.  Este sindicato es fuerte. Casi casi me organiza el tiempo de mis fines de semana, el destino de las vacaciones y el menú del domingo, cuando solo en la noche puedo, al  fin, darme el lujo de leer los periódicos.   El sindicato es demandante y, si lo permito,  puede acabar con mi tiempo. Por eso no estoy  en condiciones de señalar mal a la esposa del precandidato republicano en Estados Unidos, Ann Romney (Mitt Romney seguramente será el contendor de Barack Obama en noviembre) cuando fue  blanco de críticas por un comentario suyo sobre las mujeres trabajadoras. ¿De qué puede hablar Ann Romney, si nunca ha trabajado en su vida?  Ella, ni corta ni perezosa contestó: “¿Acaso no es un trabajo criar 4 hijos?” Su respuesta es válida, porque es válida la opción de quedarse en el hogar cuando llegan los hijos. ¿Acaso la mayoría de  nuestras madres no lo hicieron? Por desgracia, cada vez un menor número de mujeres tiene esa opción: las demás deben trabajar y punto.        

Al principio se me hizo muy difícil. Llegué, incluso, a sentirme culpable dejando a mi hijo pequeñito al cuidado de otras manos. Me cuestionaba si era correcto avanzar en mi carrera con un niño que al llegar las 6 de la tarde solía decirme: “Mami, no vaya canal, no vaya”.  En ese trance me ayudó Hardy von Campe. Tenía consejos sabios, y aún los tiene. Con paciencia y organización era posible mantener un hogar y trabajar fuera de él, aunque demande ciertos sacrificios. Ninguno tan grande como el de las madres migrantes.  Miles de ecuatorianas que se fueron con la esperanza de alcanzar bienestar para sus hijos y llevan años sin verlos. 

La Secretaria Nacional del Migrante señala que un buen número de los que se fueron ha decidido regresar, sobre todo de España. Pero es innegable que aún quedan muchas en Barcelona, en Madrid, en Nueva York o Milán. Demasiadas madres ecuatorianas desarraigadas de sus hijos. Ni intento imaginar cómo pueden acostumbrarse a verlos crecer, a través de una pantalla de computador. De cuantos ríos de lágrimas estarán  cubiertas sus noches.  

Por lo pronto, los Republicanos en campaña están hablando de  reforma migratoria, y sin ser una promesa de campaña, como lo fue de Obama, Ann Romney podría tener la dulce voz que hable al oído de quien tome decisiones a favor de los migrantes.  ¿Es una esperanza? Lo es. 

Hace poco volvió desde España Consuelito, una amiga de infancia. Un sábado en nuestra casa la escuchamos contar su historia. De cómo debió tener hasta 2 trabajos para mantener de lejos a sus 4 hijos. De la distancia que duele, de la soledad y su decisión final de volver al Ecuador. Quise quedarme a solas con ella. Imposible.  Tal vez en mi trabajo puedo imponer mi opinión, no en casa. Mi sindicato es duro, a veces implacable. Solo sé que este Día de la madre, sus miembros se organizarán muy bien, como ya lo hacen y recibiré en mi cama un espléndido desayuno dominical que incluya huevos benedictinos.  

Por Tania Tinoco
Periodista, directora de Telemundo

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