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Columnista El retraso Cuando vi el calendario sentí que las manos me temblaban.


El retraso

Llevaba cuatro días de retraso. Estaba pálida y tenía la mirada vidriosa. Aunque mis amigas me habían contado mil veces esa historia, yo siempre pensé  que a mí no me pasaría. 

Volví a contar los días, siempre había llegado un día antes o uno después, pero esta vez algo no andaba bien.  

Sonó el teléfono y era mi amiga Alicia, la única que siente mis problemas como si fueran los suyos propios. 

—¿Qué pasó? ¿Ya? —me preguntó con tono de impaciencia. 
Yo tomé aire y le respondí: 
—No. Todavía nada. 
—Ay, Dios, ¿y cuántos días de retraso son hasta hoy? 
—¡Cuatro, Alicia, cuatro! No he podido pegar un ojo en toda la noche. 
Y es que en esas circunstancias, cuatro días de retraso son como para ponerse a temblar. 
—¿Y qué vas a hacer? —preguntó ella. Cuando le respondí que no tenía idea, que no era capaz de imaginar cómo cambiaría mi vida, que no estaba preparada para enfrentar lo que se me venía encima, ella me dijo: 
—¡Tranquila! ¡No te agobies que es peor! No eres la primera ni la última mujer, que se queda cuatro días esperando a que la empleada llegue de las vacaciones. 
Efectivamente, Marta, la señora que me ayudaba en la casa había pedido sus merecidas vacaciones y había prometido que regresaría el 5 de junio. Cuatro días después de la fecha señalada yo seguía sentada en la sala mirando por la ventana, cruzando los dedos y elevando una plegaria al cielo para que Marta regresara.  

Emociones encontradas me azotaban: recordaba todas las veces en que Marta llegaba con un genio de los demonios, todas las ocasiones en que metió en la lavadora un calcetín azul junto con la ropa blanca, la vez que le pedí que no diera el número telefónico de mi casa a todos sus parientes de la Costa, Sierra, Oriente y Región Insular; la cantidad de veces que me decía que yo le recordaba a su mamacita (¡aunque Marta y yo tenemos casi la misma edad!) y los dos microondas que mágicamente dejaron de funcionar en sus manos... Recordé todo eso y me dije: “Mejor para mí si no regresa, total, siempre ha sido furiosa y desconsiderada”. 

Pero también venían los otros recuerdos, como aquél cuando me tejió una bufanda por mi cumpleaños, cuando lloró a mi lado cuando un novio me abandonó, lo bien que organizaba mi caótico escritorio, las veces que me prestó dinero, las largas discusiones (con canto incluido) sobre cuál es el mejor pasillo del Ecuador; y el ceviche de camarón que le quedaba glorioso. Cuando recordé todo eso sentí que no podía (ni quería) vivir sin Marta.  

—Un día más de retraso y me muero 
—le dije a Alicia— si me ha dejado por otra le arrancaré las orejas y le escribiré un pasillo titulado “Canalla”. 
—Te entiendo —contestó mi amiga 
—una nunca está preparada para eso, si a mí me pusieran a elegir entre mi marido y mi empleada, ¡yo la elegiría a ella! Nos entendemos mejor, siempre deja el baño limpio, no ronca y jamás me ha puesto los cuernos. 

El quinto día, el timbre de la casa sonó, salí a la ventana y vi que era ella. 

Bajé las gradas de cinco en cinco con el corazón alborotado. Antes de abrir la puerta intenté que mi sonrisa no resultara demasiado evidente para no lucir desesperada.  

Cuando abrí ella levantó su mano y me dijo: 
—¡No me diga nada! Que suficientes problemas tengo en mi casa. 

Y no, no le dije nada. Sólo la abracé con todas mis fuerzas, mientras pensaba que por fin el retraso había terminado. ¡Bienvenida, Marta!

Por María Fernanda Heredia  
Escritora ecuatoriana reconocida internacionalmente.

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