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Columnista Doble personalidad: Papás... ¡No los reconozco! Entro a casa de mis padres y no los reconozco. No sé quiénes son esos señores que tengo frente a mí.


Doble personalidad: Papás... ¡No los reconozco!

Esto no obedece a que mi papá se haya pintado el pelo a lo Donald Trump, o que mi mamá haya decidido inyectar dos litros de silicona en sus labios. No. No se trata de eso. Es un cambio sutil en un primer impacto, pero profundo en sus detalles. 

Para explicarlo recurro a mi memoria: recuerdo a mis papás en los años setenta, cuando yo era una niña. Gracias a su temperamento, mis hermanas y yo desarrollamos algunas destrezas. Aprendimos, por ejemplo, a caminar en puntillas. Recuerdo que los dedos de mis pies casi no tocaban el suelo. Me deslizaba sutilmente por el parquet de la casa como un frágil colibrí. Esa habilidad no la aprendí en clases de ballet, porque yo jamás tomé clases de ballet. Eso lo aprendí gracias a una orden de mi mamá: “¡Acabo de encerar y abrillantar! ¡A la que se le ocurra rayar el piso, va a ver la que le espera!”. 

También aprendimos sobre la importancia de la masticación de las verduras y tubérculos para una adecuada digestión. Masticaba el brócoli y la zanahoria (¡puajjj!) doscientas veces, entre lágrimas y sollozos, hasta convertirlos en pequeñísimas partículas, mientras escuchaba a mi papá decirme: “¡Hasta que no te termines la ensalada no te levantas de la mesa!”. Los sábados, a la hora de los dibujos animados, mi papá dormía la siesta (instante sagrado, de respeto absoluto). Eso nos obligaba a ver la tele en la sala de estar con el volumen más bajo. Tan bajo que mis hermanas y yo aprendimos a leer los labios del Oso Yogui, toda una hazaña considerando que el Oso Yogui ¡no tiene labios! 

En mi época de infancia y adolescencia, según estudios científicos, los padres se dividían en dos categorías: 

Los padres que decían: “Hijo, puedes hacer lo que te dé la gana”. (El 0,1%). Y los padres que decían: “Mientras vivas en esta casa tendrás que cumplir las reglas, te guste o no te guste”. (El 99,9%). Los míos, claro, pertenecían a la categoría B y en mi casa había tantas reglas como las leyes de la Constitución de Montecristi. 

Sin embargo, con el paso de los años he detectado con asombro, que mis padres están irreconocibles. Supongo que esta transformación la han provocado esos seres pequeños llamados nietos. 

Y es que de un tiempo a esta parte parecería que las reglas que estuvieron vigentes por décadas, hoy han desaparecido. 

Aquel parquet sobre el que mis hermanas y yo nos deslizábamos casi sin rozarlo, hoy es la cancha de fútbol (y uso múltiple) ¡de los nietos! Donde antes había brócoli, acelga, yuca y coliflor, hoy aparecen pastelitos, gelatinas, pizzas y salchipapas… ¡para los nietos! 

Cuando intento ver un noticiero mi mamá me ordena cambiar de canal a uno de esos donde aparecen unos dibujos animados horribles con rostros desfigurados (que no se parecen en nada al dulce Yogui) ¡para que sus nietos se entretengan! 

Y ayer vi con mis propios ojos que, mientras mi papá dormía la siesta, mi sobrino saltaba en su cama y de vez en cuando se tumbaba encima de mi papá, le abría los párpados y le preguntaba: “¿Estás despierto, abuelo?” Semejante acto, que años atrás habría supuesto que a manera de castigo me quitaran todos los discos del Grupo Menudo, hoy provoca la risa y gozo de mis padres. 

O tienen doble personalidad o los nietos hacen milagros. ¡Benditos sean nietos y abuelos!   

Por María Fernanda Heredia 
Escritora ecuatoriana reconocida internacinalmente. 

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