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Columnista Las dos bodas de maría Dos fiestas que no olvidaré.


Las dos bodas de maría

Hace dos semanas se casó mi amiga María y tiró la casa por la ventana. Es su segundo matrimonio pero quiso celebrar con más entusiasmo que en su boda anterior.

Esto se entiende porque la primera vez María se casó demasiado joven (19 años), demasiado embarazada (7 meses) y con un novio demasiado atemorizado ante la amenaza de su futuro suegro: "Si no te casas con mi hija te parecerás a mi nieto recién nacido: todo morado y sin dientes".

Ese primer matrimonio fue tan repentino que las amigas no tuvimos tiempo para prepararnos para la fiesta como nos hubiera gustado. Asistimos con vestidos reciclados y peinadas con copetes de 20 cm elaborados domésticamente. Fue una boda extraña: los novios parecían cachorros asustados, la madre de la novia lloraba, la madre del novio tomaba ansiolíticos como si fueran mentas, el padre de mi amiga hablaba solo y el consuegro daba tumbos como un borracho en un desfile.

En esa época mis amigas y yo éramos capaces de bailar y sacar chispas al piso durante horas. No importaba el género ni el intérprete: desde música disco hasta breakdance. Desde Madonna hasta Lizandro Meza. Sin embargo nada de eso fue posible porque no hubo orquesta, ni discjockey, ni un primo con guitarra, ni la típica tía veterana que se cree Selena y que canta con una cuchara sopera como micrófono
.
Tampoco pudimos beber con la novia porque como estaba embarazada tenía prohibido el alcohol y se pasó vomitando en el baño.

Han pasado 20 años y María decidió casarse por segunda vez. En esta ocasión no ha habido sustos, prisas, sobredosis de tranquilizantes ni amenazas violentas. María lo preparó todo con buen gusto y con el tiempo necesario. Nos lo anunció hace tres meses, y gracias a eso las amigas alcanzamos a hacer dieta, comprar vestido bonito, inaugurar zapatos y pasar por la peluquería.

La recepción estuvo magnífica. María estaba radiante, su novio alemán parecía un galán de cine. Al primer trompetazo de la orquesta nos levantamos de nuestras mesas para bailar como no nos permitieron hacerlo hace veinte años, la pista se llenó de "jóvenes cuarentones", y entonces un absurdo pensamiento colectivo nos hizo creer que podríamos con todos los géneros e intérpretes: desde reguetón hasta tecno. Desde Delfín Quishpe hasta Pitbull. Salían chispas, pero no del piso sino de nuestras articulaciones.

Mis añejas habilidades y coordinación milimétrica (brazos-cadera-pies) practicados durante décadas con Macarena no fueron suficientes para calificar para el perreo. Morí de cansancio, vergüenza y de dolor de ciática. Me di por vencida y volví a la mesa.

Ahí, con el resto de mis agotadas amigas, decidimos hacer otra cosa que en la primera boda de María tampoco pudimos: beber. En 3 ocasiones chocamos nuestros vasos de whisky. Solo 3. Nada más.

Al día siguiente desperté como si me hubiera atropellado una manada de canguros. Me dolían incluso ciertos músculos cuya existencia desconocía. Aunque sólo bebí una copa de champán, una de vino y 3 vasos de whisky estaba lista para donar mi estómago a la ciencia.

Las fiestas ya no son como las de antes. Si María se casa otra vez, le sugeriré algo más tranquilo, usaré una cuchara sopera como micrófono y le diré que yo me sé algunas canciones de Selena.

Mis añejas habilidades y coordinación milimétrica practicados durante décadas con Macarena no fueron suficientes para calificar para el perreo.


Por Maria Fernanda Heredia
Escritora ecuatoriana

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