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Columnista Amigas en pareja En estos años he tenido que aceptar que mis amigas se enamoren de tipos simpáticos, menos simpáticos, y también de algún impresentable. Las he visto convertirse en Candy Candy y a alguna en Cruella de Vil.


Amigas en pareja

Hay un momento crucial en que la amistad se pone a prueba y necesitas una dosis de entereza y paciencia para soportar las adversidades. Un momento en que le pides a Dios que te quite las fuerzas, porque si te las mantiene podrías estampar a tu amiga contra la pared. María y yo somos amigas desde hace muchos años, tantos que cuando la conocí aún no se habían inventado los celulares y no necesitábamos usar cremas para el contorno de los ojos. 

Podríamos ser hermanas gemelas idénticas de no ser porque ella tiene 4 años menos que yo, es rubia, tiene los ojos verdes y mide 1.55 m. 

Yo celebro su estatura, porque si ya es rubia y con ojos verdes, sería imperdonable que además midiera 1.70 m. Mi autoestima no es tan sólida como para tener una mejor amiga a la que confundan con Sharon Stone. 

A lo largo de la vida María y yo hemos compartido innumerables “y siempre fallidas” dietas, nos hemos matriculado en gimnasios que hemos abandonado en la segunda clase, hemos practicado coreografías de Pimpinela, y ella ha sostenido mi mano en las dolorosas sesiones de depilación total (¡Total! De solo recordarlo se me llenan los ojos de lágrimas). 

María ha sido mi amiga de humor negro, de bromas inteligentes. Nos ha bastado una mirada para entender conceptos complejísimos como: “No te fijes en ese tipo, tiene cara de que desayuna sopa”. Sus conceptos vitales siempre me han parecido contundentes: “No salgas con él, huele a domingo tarde”. 

En fin... que mi maravillosa amiga María está enamorada desde hace un mes y esto ha puesto en riesgo nuestra amistad. Se cansó de su soltería y ha decidido darle una oportunidad a Milton, su eterno admirador, a quien gracias a sus atributos físicos, a su carácter, a su palidez extrema y a la textura de sus manos lo bautizamos en secreto como “El flan de leche”. 

Milton es de esas personas que está convencida de que el color café combina con el rojo, que las medias de deportes se pueden usar con cualquier tipo de zapato, y es de los que en lugar de una cerveza pide jugo de guanábana. 

Cuando María me lo contó creí que se trataba de un chiste. Pero cuando la escuché hablando por teléfono y llamando a Milton “Mi Cosita”, quise darle un sacudón. ¡¡Cómo que Mi Cosita, es el Flan, María, el Flan!! Y cuando me dijo que no podía ir conmigo al cine porque iba a lavar el auto con Mi Cosita me habría gustado sugerirle que se lavara el cerebro. 

Ayer sentí que la echaba mucho de menos y por eso la invité a un plan irresistible, le dije ¡Ven a mi casa y celebremos en privado el día mundial del carbohidrato! María suspiró y luego me dijo: “Lo siento, amiga, tengo que ir con Mi Cosita al cumpleaños de mi cuñi”. Cuando la escuché pronunciar la palabra cuñi sentí que se me inflamaba el hipotálamo, El Flan había creado entre ella y yo una distancia abismal. ¡María nunca diría cuñi! Ella es de las que dice “la bruja de mi cuñada”. Me di cuenta de que la había perdido. 

En estos años he tenido que aceptar que mis amigas se enamoren de tipos simpáticos, menos simpáticos, y también de algún impresentable. Las he visto convertirse en Candy Candy y a alguna en Cruella de Vil. Supongo que ellas también me han soportado en mis momentos de acidez y de exceso de almíbar. 

Por ahora me sentaré a esperar que María regrese, que toque la puerta y yo pregunte, como Pimpinela: “¿Quién es?” ¡Soy yo! “¿Qué vienes a buscar?” ¡A ti! Ya volverá. Seguro que volverá.


Por María Fernanda Heredia 
Escritora ecuatoriana

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