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Columnista La isla Una prueba infalible para gente sencilla.


La isla

Si hace una semana me hubieran preguntado sobre mi manera de vivir, habría contestado que me siento contenta de llevar una vida sencilla, sin ambiciones absurdas ni compromisos impuestos. Habría dicho que vivo con menos cosas que antes, que aprecio lo simple y que prefiero ir ligera de equipaje por la vida. 

Como se ve, yo tenía mi respuesta de libro de autoayuda con fondo musical de Kenny G. 

Sin embargo, el viernes me encontré con un amigo y me invitó a un café. Cuando todas las conversaciones se agotaron, incluyendo clima, fútbol y la influencia filosófica del reguetón en los adolescentes, me hizo una pregunta poco original que ha removido todas mis certezas: ¿Qué te llevarías a una isla desierta? 

La primera alarma de que no soy tan sencilla como pensaba se activó con mi réplica: ¿Isla pequeña o grande? ¿Clima tropical o polar? ¿Puedo llevar más de 23 kilos de equipaje? ¿Me quedaré de por vida allí? ¿Me rescatarán? ¿Hay internet y Wi-Fi? 

Mi amigo, que no esperaba esa ráfaga de preguntas, cambió de tema, pidió la cuenta y me dijo que su abuelita –fallecida en 2010, según recuerdo– estaba de cumpleaños y debía ir a la celebración. 

Me fui a mi casa pensando en la maldita isla desierta y en lo que yo, la sencilla, me llevaría para sobrevivir en ella. Pronto me di cuenta de que ni siquiera sé sobrevivir en mi cuarto cuando se va la luz y que los cientos de velas que he comprado estos años deben haber sido abducidas por extraterrestres. 

Me desvelé. En mi cabeza retumbaban nombres como: una navaja, una linterna, un encendedor, unas bengalas, unas botas de caucho, una cuerda (y, obviamente, los manuales de uso de la navaja, de las bengalas y de la cuerda). Pero también pensé en otros objetos: un desodorante, un bloqueador solar, una pinza de cejas y un espejo de aumento (para las tardes de aburrimiento), un cepillo de dientes, una lima de uñas, un tinte de pelo (¡para que en mi rescate no me encuentren con raíces de 10 cm!). 

A la mañana siguiente añadí al equipaje libros, cuadernos para escribir mis memorias y videos de El Chavo del 8. Al mediodía pensé que debería llevar compañía, y por supuesto pensé en mi mamá, que gracias a su inteligencia y habilidad podría construir una casa con jacuzzi con puras hojas de palmera. Pero de seguro mi mamá incluiría en el combo a mi papá, a mis hermanas, sobrinos, cuñados, tíos, familia política, concuñados y a su club de tejido... descartada mi mamá. Pensé en mi amiga Alicia, que es inútil  y vaga, pero que me hace reír un montón, pero con Alicia vendría su gato y yo soy alérgica. Descartada. Pensé en mi amiga Fran que cocina como los dioses, y que en la isla podría hacer ceviche de tigre o carpaccio de culebra, pero Fran odia la arena. Y, bueno, también pensé en llevar a un hombre fuerte y sensual, pero al llevar a un tipo así, tarde o temprano requeriría pañales, biberones, cuna, cremas antiestrías... descartada la compañía masculina. 

Por la noche mi lista parecía el padrón electoral, (entre otras cosas había incluido una planta eléctrica, una antena parabólica, una trampa para oso y un afiche de Chayanne a tamaño real). 

Entonces mi sobrino adolescente me preguntó ¿qué haces? Yo respondí con otra pregunta: ¿Qué te llevarías a una isla desierta? Él meditó por 10 segundos y dijo: Agua, mi iPod y mi guitarra. Ante mis ojos de sorpresa él afirmó: ¡Agua y el corazón contento, tía! ¡Nada más! 

Esa noche llegué a tres conclusiones: No soy sencilla, no quiero ir a una isla desierta y necesito un iPod (el afiche de Chayanne ya lo tengo).


Por María Fernanda Heredia 
Escritora ecuatoriana

Columnista

 
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columnista La isla Por María Fernanda Heredia

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